sábado, 27 de mayo de 2017

Privacidad de un gato


¿Recordáis la foto  del marginado de ayer? Bueno, pues hoy, en la terraza de mi cafetería, escuchaba música. Estaba prácticamente sola, cuando  apareció un grupo de alegres jóvenes que volvían de la feria.  
Comentaban, preocupados, que habían atropellado a un gato a unos metros de allí. Terminé con el café, la música y la tranquilidad y me fui en busca del gato. 
Efectivamente estaba cerca. Agonizaba al filo de la carretera; nada se podía hacer por él. Rápidamente saqué el móvil para hacerle la foto y que la viráis aquí, pero como si me  sujetaran las manos, caí en la cuenta de que no era justo hacer aquella foto sin autorización y, sobre todo,  caí en la cuenta de que los animales también tienen privacidad y que yo no se la podía robar, aprovechando la indefensión de los últimos momentos de su vida. 
Así que, nada, no hay foto del gato, pero me siento feliz por haber estado allí en esos momentos en los que el gato no moría solo  y  un nuevo día amanecía.

Todo lo que termina me entristece y deja  algo de vacío, 
pero todo lo que empieza me llena de felicidad, 
y hoy empezó así el día.

viernes, 26 de mayo de 2017

Seres humanos


Seres humanos que  esconden su rostro porque  saben 
que solo reproches tendremos para ellos. 
No obstante, como todos, nacieron al  caer una estrella del cielo.

lunes, 22 de mayo de 2017

Abrazos y abrazos

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN

Un día de vacaciones, al volante de mi coche, me dirigí a un pueblo cercano. Aparqué al pie de una iglesia de puertas abiertas y repleta de gente. Sentada cerca del altar, olor a nardos, recuerdos y nostalgias de otros tiempos. Regresé pronto al presente de mi coche que, con dos ruedas pinchadas, me aguardaba. Y mis nostalgias y proyectos se tornaron súbitamente en ansiedad e impotencia. Un hombre de a pie, grueso, colorado, sudoroso, se me acercó: «no se apure, señora --exclamó--; ya mismo está su coche en marcha». Bártulos en mano y, en unos minutos: «¡ea, ya está!». En mis ojos unas sentidas lágrimas de alegría y agradecimiento. Apenas dije algo, pero él, prosaico, elemental..., se me acercó y echándome un brazo por encima, me apretó junto a su basto cuello. ¿Se encuentra bien?  ¿La llevo a su casa?.

Fue aquel, creo, el mejor abrazo de mi vida. Y hoy, tras imágenes estos días en la tele, he vuelto a recordar aquel insólito abrazo, porque había en pantalla muchos abrazos con motivo de mítines políticos, pero hubo uno que me dejó sin saber qué hacer: ¿reír o llorar? Se trataba de un pobre hombre anciano que, en primera fila, fue objetivo de las cámaras que seguramente con  profesional picardía lo enfocaban una y otra vez. Sí, porque era, entre la multitud, al que los políticos de todos los colores, abrazaban sin dejar de mirar a los fogonazos de los flashes y sin escuchar su torpe balbuceo, expresión, de sus necesidades y deseos. ¡Qué pena sentí!, porque yo sí adivinaba el color de sus palabras: pensión, medicinas, dependencia, etc. Tanta gente mayor que sufrieron una cruel posguerra, que carecieron de todo, que trabajaron en pésimas condiciones, que levantaron a España, hoy, sin apenas palabras ya, les queda cuello para que los políticos se hagan la foto cada vez que precisan su voto. «Hermoso fue abrazarte en la mañana; / aquella ingravidez de altas espigas». V. Aranda.






















También un abrazo puede valer más que mil palabras

lunes, 24 de abril de 2017

La aventura de ser escritor.

 DIARIO  CÓRDOBA / OPINIÓN
Todavía flamean destellos del Día del Libro. Es por ello que no haya prescrito aún la reflexión que en estos días me llevaba a escribir el siguiente mini relato: Un hombre, que de toda la vida se había dedicado a limpiar máquinas de escribir, decidió hacerse escritor. Así, escribió y se público su libro. Después, con él bajo el brazo, repetía de un lado par a otro: ¡soy escritor, soy escritor! Un día tropezó con un antiguo cliente. Este, al verlo le preguntó: ¿qué? ¿cómo va el asunto de las máquinas? Lo dejé, ¿sabes? Fueron demasiados años poniendo a punto los libros de los demás. Ahora trabajo para mí. Y poniéndole su obra en la mano, dijo: toma, lee y presume de amigo escritor. El hombre, sabio y prudente, hojeó el libro y exclamó: ¡vaya!, compruebo con desagrado el que tú, experto en limpiar máquinas, has descuidado la tuya. Esta lectura es ilegible.
En estos tiempos parece que el ser escritor es algo así como el pasaporte imprescindible para lograr la inmortalidad y si bien es verdad que todos tenemos derecho a desearla y buscarla, no lo es menos que los caminos son tantos como seres humanos habitamos el planeta. ¡Qué absurdo sería decidir ser un Picasso, un Mozart, etc.! La vocación de escritor para mí, es ante todo, una especie de brote creativo que surge a partir tal vez de una simple observación o acontecimiento pero que, día a día, impulsa al escritor a derrochar tiempo, silencios, renuncias para fecundar, mejorar, pulir y hacer crecer la criatura maravillosa que se va gestando, como si una gran fuerza interior empujara y se impusiera, sin tregua posible, hasta adquirir la madurez suficiente para tomar las riendas de sus posibles derroteros.
El título de escritor, pintor, etc., es lo que menos importa porque la auténtica aventura de escribir, en este caso, no tiene como fin primordial la publicación, la fama,  el nombre, la inmortalidad, cosas por cierto bastante circunstanciales, sino ser cómplices privilegiados del gran milagro creador que tanta satisfacción personal e íntima provocaa.

Hoy, como ilustración, unas frases famosas
 La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial". (Virginia Woolf)
 El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar  (Gabriel García Márquez)

 Un buen escritor expresa grandes cosas con palabras pequeñas  a la inversa del mal escritor que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas. (E. Sábato)

miércoles, 29 de marzo de 2017

Enseñar sin paredes

Miércoles 29 de marzo de 2017
Buen día, amigos: De nuevo, prensa y esta vez en el Suplemento de Educación en el que llevo colaborando más de treinta años, semana tras semana, siempre  reivindicando  una enseñanza más humanizada, creativa y acorde con los tiempos. El tema de hoy puede que os choque un poco, pero es sinceramente lo que pienso de cara a los alumnos mayores. Opinad cómo mejor osparezca.

DIARIO CÓRDOBA/EDUCACIÓN
Hace unos días me comentaba un compañero: cuando yo era chaval, si me descuidaba en la escuela, el maestro me pegaba, y ahora, si me descuido, son los alumnos los que me pegan a mí. Estas palabras, acerca de lo que pasaba antes y de lo que pasa ahora son clarísimo exponente de un cambio generacional en el que a padres y maestros se nos han ido de las manos los papeles, al no haber sido capaces de mantener en su justo término el equilibrio de una balanza, cuyo fiel se hizo añicos, cuando mal entendimos palabras como libertad, comprensión, respeto...
Hoy los padres han afinado tanto el oído que hasta han aprendido a protestar, denunciar cualquier ñoñez. Dadas estas circunstancias, y salvando las excepciones, que también las hay, la mayoría de los alumnos, rodeados por el hedonismo reinante, y amparados en derechos y libertades, acuden a las aulas por pura obligación, y lo hacen sin espíritu de superación, sin ánimo de trabajar, sin interés por aprender. Es por eso que, desde mi punto de vista y dadas las actuales circunstancias, imposibles de analizar en tan corto espacio, pero que vistas y vividas desde el día a día en las aulas, resultan un mal insoportable para los alumnos y auténtica tortura, a veces, para maestros, desprovistos, prácticamente de posible apoyo y defensa, y es por eso, digo, que habría que pensar, ya, en un profundo y revolucionario debate para cuestionarnos si, a partir de una determinada edad, ¿no sería más conveniente la supresión diaria y obligatoria de asistencia a las aulas?.

Hoy en día las nuevas tecnologías nos ponen al servicio de la educación, nuevas herramientas para constatar, preguntar, etc. Si bien haya días y horas presenciales, bibliotecas, centros de recursos a los que libremente tengan acceso los alumnos, atendidos siempre por el profesorado. Los cambios del sistema no son suficientes. Hay que, con valentía, afrontar cambios muy profundos para todas las etapas, que continuamos sin dar la vuelta completa a las urgencias de los tiempos.

sábado, 11 de marzo de 2017

Querida mamá





Y te miro y te veo en esa sonrisa teñida de un algo mágico 
entre sereno y nostálgico. 
¡Qué guapa te veo, mi querida mamá!

Vivir en el corazón de los que dejamos detrás de nosotros no es morir. Campbell.
Es por eso que al cumplirse  cuarente y dos  años de tu muerte, querida mamá, tú sigas viva en mí,  pero de forma especial en esta madrugada de marzo, que empieza a oler a azahar  y cuando a solas en este piso grande, casi reducido ahora  al espacio de mi escritorio, tengo que sacar mis mejores palabras, como siempre, para plasmarlas en este reducida área de mi ordenador.
Y mis palabras, hoy, no pueden ser otras que la expresión más fervorosa y cálida hacia aquella mujer que fuiste, nada convencional, culta, exquisita, caritativa... en tan difíciles años que te tocaron vivir. Te recuerdo cultivando violetas y jazmines. Te recuerdo celosa de tus pequeñas y bellísimas propiedades: cajita de música, rosario, pañuelos, libros... Te recuerdo, que todavía se conserva en tus ropas, en aquel perfume de rosas que era rastro de tu presencia y también de tus ausencias.
¡Cuánto te quise, mamá! ¡Cuánto lloraba en la soledad de mis noches de niña, imaginando tu muerte! ¡Cuánto gozaba sentada junto a ti, sin que tú, sumida siempre en un mundo de sueños imposibles, apenas me notaras! ¡Cuánto sufría con tu precaria salud! Quiero tener fe y pensar que  yo también sigo viva para ti, y es por eso que constantemente te sueño, te busco, te hablo... Quiero decirte que sigo siendo aquella niña buena para todos que recogía las plumas caídas de los pajarillos, que protegía a los niños pobres, que perdida en los rincones del jardín, escribía poesías y cuentos. No, no me he prostituido jamás porque mis causas siguen siendo la verdad, la justicia, el amor por todos los seres humanos.

A veces, como hoy, me eternizo en este rincón sin saber cómo seguir el camino donde tantas ausencias me han dejado huellas profundas. Te sigo necesitando, mamá, para que me recuerdes que tengo que comer, para que me des un precioso pañuelillo para secar mis lágrimas, para que me acompañes en el silencio de tus largos rezos… Tú no has muerto, mamá; sigues viva en mí y en todas las cosas bellas de este mundo. Sí, te oigo, te veo,, te siento; eres tú, mi querida mamá.